Por Miguel Henrique Otero, enero 22, 2023
Momento 1
La historia de la movilidad social en Venezuela debe ser uno
de los capítulos más fascinantes, diversos y ricos en historias, en el conjunto
de la corriente modernizadora del país. Me refiero, por supuesto, a la
movilidad social ascendente, aquella que, como consecuencia de un conjunto de
mecanismos económicos, institucionales, políticos, sociales y culturales, hizo
posible que amplios sectores, capas de la población en casi todas las regiones,
mejorasen sus condiciones de vida. Y, como resultado tangible de esta
movilidad, creciera y se consolidara una clase media nacional, que tantos
beneficios ha traído al país.
Asdrúbal Baptista se refirió a esta vital cuestión en
artículos, ensayos y libros. Repetía que uno de los resultados netos de la
instauración en Venezuela de una economía basada en la producción y exportación
del petróleo había sido el de la movilidad social ascendente, especialmente en
las seis décadas comprendidas entre 1920 y 1980.
La circulación de recursos financieros puso en marcha un
proceso demográfico, el de desruralización, simultáneo e inseparable al
crecimiento de las ciudades, mientras el territorio se poblaba de escuelas,
liceos y universidades; centros de salud y hospitales; calles, avenidas y
autopistas; y, también, de viviendas, construidas por el Estado o por el sector
privado. El desarrollo de industrias, e incluyo en ello la producción primaria
―agricultura, ganaderías, pesca―, y las de servicios, contribuyó a que cientos
de miles de familias experimentaran en sus realidades diarias y concretas una
mejor calidad, en la que contaban con servicios, la alimentación se diversificó
y mejoró, también los indicadores de salud; un escenario nacional en el que, en
medio de problemas y desigualdades, habían oportunidades para estudiar, trabajar
y descansar.
Pero más allá de las variables materiales, variables que las
ciencias de datos pueden constatar, hay otra dimensión de la movilidad social
ascendente, que se refiere al horizonte espiritual, a la configuración mental,
a la relación que las familias ―porque en el fondo se trataba de proyecciones
que han sobrepasado a los individuos y han implicado a toda la familia― tenían
con el futuro. Es decir, con la posibilidad, la esperanza cierta, de una vida
mejor.
Estas proyecciones no eran meras ilusiones. Se basaban en
experiencias comunes, bien conocidas por la inmensa mayoría de los venezolanos.
Las familias progresaban de muchas maneras. El relato del pobre que sale
adelante con su esfuerzo no es una novedad en el siglo XX venezolano. Es el relato
predominante, que tuvo en la educación su palanca más importante. Hijos y
nietos, con abrumadora frecuencia, estudiaron más, trabajaron mejor, recibieron
salarios y compensaciones de mayor proyección, viajaron por el mundo, pasaron
de una visión local de la vida y la experiencia, a una visión de aspiración
planetaria.
Esto que he anotado hasta aquí es apenas un superficial
asomo a un temario de vastas ramificaciones y complejidades. Aunque, a partir
de 1983, las crecientes dificultades que presentaron la economía y la política
comenzaron a estrechar las oportunidades, la sociedad venezolana continuó
estableciendo una relación entre esfuerzos y progreso familiar. El ideario de
“salir adelante”, de que estudiar y trabajar, tarde o temprano producirían resultados,
se mantuvo y persistió, en alguna medida. Y se mantuvo porque la movilidad
social ascendente había demostrado, hasta la saciedad, que una vida mejor era
posible.
Momento 2
En el apoyo a la revolución bolivariana, durante su primera
década, había una fuerza motriz, que apenas se menciona: la de la movilidad
social ascendente. Esto es importante: en la sociedad venezolana, entre
aquellos que votaron a Chávez en diciembre de 1998, no había un cambio de
visión. No querían una sociedad socialista. Lo que pretendían era que el
precepto de la movilidad social ascendente se multiplicara y consolidara.
Querían que los beneficios que otros habían obtenido, les alcanzaran. Votaron a
favor de un reparto más amplio.
Durante los primeros años, hasta 2010 aproximadamente,
basado en una política de grotesco despilfarro de los altos ingresos
petroleros, la revolución bolivariana, con demagógica astucia, repartió dineros
de forma incontrolada, mientras el edificio de la economía comenzaba a
agrietarse a la vista de todos. Pero un sector de la sociedad pensó que
subsidios, bonos, misiones, prebendas y otras dádivas, eran la antesala de la
movilidad social ascendente, una especie de vía rápida. Hasta que en 2014 el
edificio crujió y comenzó a caerse a pedazos.
Desde entonces, se aceleró y masificó el proceso que había
comenzado en 1999: el empobrecimiento estructural de la sociedad venezolana.
Eso significa, contrariando el proceso que se había sostenido por 8
décadas―hasta el año 2000― durante el cual la curva de la movilidad social
mantuvo su sentido ascendente, llegó un día en el que la tendencia dio un giro
abrupto, cayó de bruces, para convertirse en lo contrario: la movilidad social
descendente como el principal rasgo de la Venezuela contemporánea. Cuando las
familias de todo el país se percataron de esto, tomaron una decisión que es
bien conocida: ya son más de 7 millones los venezolanos que han huido de la
Venezuela empobrecedora de Chávez y Maduro. Y hay que añadir: la huida
continúa. Nada la detiene.
Un asunto más: la pregunta de si hay sectores de la sociedad
venezolana que, en estos 24 años, hayan mejorado sus condiciones de vida. La
respuesta es: los hay y muy minoritarios. En efecto, menos del 3% de la
población venezolana, constituida por militares y funcionarios civiles de
distintas entidades del Estado, enchufados, corruptos sin remedio,
contratistas, militantes del PSUV y organizaciones afines, paramilitares,
narcoguerrilleros, pranes, alacranes, amiguetes de Maduro en el G3, uniformados
que han recibido la concesión de alguna alcabala ―que es hacerse de un
peaje, pero sin tarifas fijas y con la posibilidad de apresar y torturar―,
todas categorías que no podría decirse representan un ascenso social.
Lo ocurrido pertenece a otro orden de cosas: se han
enriquecido. Han fabricado, con métodos en los que la corrupción ha cumplido un
papel estelar, una oligarquía dotada de cápsulas urbanas, una burguesía cada
día más rica, que depende de hacer negocios con Maduro, por una parte, y de la
otra, de que se mantenga y profundice el empobrecimiento de millones de
venezolanos. No se trata entonces de movilidad social ascendente, sino
movilidad parasitaria que, como es evidente, no es sostenible y estallará
cualquier día, como estallan todas las burbujas.
https://www.elnacional.com/opinion/dos-momentos-de-la-movilidad-social-en-venezuela/